Complejo acuático abandonado de Neukölln


Cristina era Italiana, de una ciudad cerca de Torino, la conocí en Tinder y quedamos en encontrarnos en la puerta de un bar que se llama “Das Klo”, en español, “El Baño”. Estacioné mi bicicleta a la vuelta para que me vea llegar caminando por la vereda de enfrente. Estaba parada en la puerta, tenía un vestido Jackie blanco con una vincha finita en la cabeza y unos zapatos bajos combinados. Nos saludamos y cuando le di un beso olí su perfume finísimo y me arrepentí terriblemente de haberme puesto una colonia vencida de Zara. Entramos y nos sentamos en una de las mesas del fondo.


—¡Qué raro este lugar! —dijo mientras se sacaba su saco de hilo claro y lo colgaba del respaldo—

—Es una recomendación de un amigo —dije mientras recorría el lugar con la vista —la verdad que nunca vine.


Tenía los ojos verdes, usaba poco maquillaje y cuando sonreía se le marcaban los hoyuelos. Pedimos dos cervezas, cuando la moza se alejó el techo se empezó a mover, hubo un sonido de baño, las luces se apagaron y se prendieron simulando una baja de tensión y del cielo razzo comenzaron a bajar soretes de telgopor. De las paredes salían chorros finitos de agua que nos salpicaban la cara. Cristina se empezó a reir como loca y empezó a gritar:


—¡Estamos adentro de un baño!


Era hermoso verla reír a los gritos.



Cristina odiaba Berlín. Decía que la gente, a diferencia de Milan o Madrid, se vestía mal. Me encantaba escucharla odiar algo que a mi me gustaba tanto. En nuestras salidas yo le proponía los lugares más trash que conocía para mostrarle la belleza de lo imperfecto y ver si quizá podíamos llegar a un entendimiento estético, pero su obstinación crítica era más fuerte.


Cada vez que nos veíamos durante la primera hora u hora y media, se quejaba de su jefe y de lo que vivía en la oficina, me pedía perdón y luego se calmaba. Trabajaba once horas por día como becaria en un estudio de Arquitectura de unos italianos. Cuando le sugerí la posibilidad de que la estuvieran explotando me dijo que no. Que ella venía del norte de Italia, y ahí existía la cultura del esfuerzo, que ese sentido de la responsabilidad lo había heredado de su madre y que si se iba antes de la oficina se sentía culpable. Le pasaba lo mismo cuando iba a la escuela. Necesitaba mantener el nivel de notas para ser la más inteligente. Caminaba doblada sobre sus cervicales como si todavía llevara la mochila de adolescente del colegio.


Hablaba perfecto inglés porque había hecho un intercambio cultural el último año de su secundaria en Canadá, y se jactaba de ello en el medio de ciertas oraciones. Como cuando el agente especial Dale Cooper, mientras tomaba café cortaba lo que venía diciendo para exclamar


—Damn good coffee.





Yo sabía que sólo conectaba conmigo porque por momentos la hacía olvidar su trabajo y trataba que eso sea lo más mágico posible.


Una noche nos encontramos en el Young African Art Market (YAAM) un centro cultural al aire libre que da al Spree donde se puede comer, bailar, ver los talleres en donde trabajan artistas y bailar descalzo en una pista de arena. Apenas llegamos fuimos a la parte techada donde había unos pequeños box de madera para jugar juegos de mesa. Saqué el UNO de un cajón y repartí las cartas mientras Cristina me contaba su día en la oficina. Estuve cuarenta y cinco minutos con las mismas cartas en la mano. Cuando terminó de hablar le dije:


—¿Vamos afuera?

—Sí, dale. Perdón por quejarme tanto


Nos sentamos en unos bancos que daban al río. Nos quedamos en silencio un momento mirando la ciudad reflejada sobre los pliegues del Spree. Dejé pasar un rato y la tomé de la mano sin mirarla.



—Me quiero volver a mi pueblo en Italia pero acá pagan mejor. Y además puedo aprender otro idioma.

—¿Pero te gusta lo que hacés?

—No está mal



Unos días antes de irme de Berlín. Nos encontramos en el complejo acuático abandonado de Neukölln. Fue creado en el año 1985 y fue el primer parque acuático de la capital pero por unos problemas de costos y de invasión de ratas lo tuvieron que cerrar en el 2005.


—¿No te parece espectacular?

—Uugh...


Caminamos entre los escombros y fuimos al segundo piso. La estructura parecía segura. Saltamos entre las vigas y la lana de vidrio de los techos que ahora cubrían el suelo. Nos separamos un momento para controlar que nadie subiera por las escaleras. Nos metimos en un tabique cubierto de grafitis. Corrí las botellas rotas del piso con el canto de mi pie derecho para crear un claro entre la inmundicia. Le desabroché el pantalón y la besé. Cristina usaba esa ropa interior italiana de una sola pieza que se desajusta desde la parte de abajo con dos botones como un pañal de bebés. Al liberar la tensión desde abajo, como es elástica se elevó y dejó al descubierto su concha impoluta, con los labios finos que se mojaban con mis dedos como si fuera una lengua que se relame. Me agarró el brazo con las dos manos y me lo tiró para abajo con una fuerza que no me esperaba de alguien tan bajita.


De repente escuchamos pasos que subían. Dos turistas sacando fotos del lugar. Esperamos un rato escondidos pero los pibes no se iban. Salimos del tabique abrazados y nos fuimos.


Caminamos hasta la puerta del metro. Ella había venido en bicicleta y yo en tren. Saqué de mi mochila todos los libros de alemán que había comprado desde el nivel A.1.2 hasta el B2, los había trabajado con lápiz así que si los borraba le iban a servir.


—Fue muy lindo conocerte

—Pienso lo mismo —Y le puse los libros embolsados de canto en el canasto de su bicicleta.


Nos miramos a los ojos por última vez, sonreímos y prometimos volver a vernos en Enero.