Crónica Festival de folklore de San Pedro


Los accesos y salidas de Buenos Aires los sábados al mediodía en general están muy cargados de automóviles que se van a pasar el fin de semana a la provincia. A medida que uno se va a alejando de la megalópolis la cantidad de gente merma y la velocidad de los autos aumenta. En los momentos de velocidad nula o escasísima los choferes comienzan a pensar. A mirar a los costados. A recordar las cosas que se olvidaron al salir. A mirar a los acompañantes del propio auto y de los demás autos. A seguir con la vista los puntos de fuga que dibuja la ruta. Las geometrías de las autopistas. Cuando el sol levanta la temperatura el observador puede recordar por ejemplo, un análisis clasista de escasísima rigurosidad que un día le comentó su amigo Patricio. Consistía básicamente en realizar un corte o clasificación de la muestra del universo de autos en la ruta y diferenciar a aquellos que tienen las ventanillas bajas de aquellos que las tienen altas. A estos dos subgrupos a su vez ponerlos en relación con el precio de mercado de los autos. En un grupo quedarían los autos caros con las ventanillas altas y del otro los autos baratos con las ventanillas bajas. Esto demostraría que el aire acondicionado es un bien de lujo y que el calor es elitista y el frío democrático. Delante mío, la excepción que destruye la regla. Detenido como yo, un hombre en una Porsche Cayenne impoluta tenía su brazo blanco y morrudo colgando de la ventanilla, inerte y lácteo, como si fuera la poronga humana de la chata.


Continuamos circulando. A la altura de “Río Tala” el gps nos hizo bajar de la autopista y continuar la marcha por un camino muy deteriorado. El asfalto ajado dibujaba telarañas negras en el camino que se ramificaban intermitentemente y los desniveles del terreno me forzaban a zigzaguear y a cruzarme de carril en algunos tramos. En cuanto pude levantar los ojos de la ruta vi un ejército de árboles frutales equidistantes uno del otro que se escondían detrás de ligustrinas altísimas y los puestos de venta de naranjas, pomelos, limones, frutillas que se repartían de un lado y del otro del camino. Los autos estacionaban apilados en busca de 3 kilos de naranjas por 15 pesos. Un hombre con broches en los ruedos de sus jeans hacía equilibrio en una bicicleta destartalada y al sobrepasarlo me di cuenta que tenía que bajar la marcha porque ya había entrado a San Pedro.

Llegamos a la ciudad a las tres de la tarde, a esa hora no había muchas personas que nos pudieran decir dónde era el recital que veníamos a ver. Sólo vimos un grupo de hombres de campo a los que no nos animamos a interpelar por miedo a enojarlos con nuestras consultas sobre música extranjera. El GPS nos indicaba que si seguíamos derecho por donde veníamos íbamos a llegar inevitablemente al río. Buscando un lugar para estacionar vimos a un grupo de motoqueros con un vaso de birra tan dorado como la miel que probó Howard Carter cuando descubrió la tumba de Tutankamon, caminaban a contramano nuestra, entonces estacionamos el auto en Salta y Juan Domingo Perón y bajamos para seguir el caminito de remeras negras.


Una pareja jugaba al tenis en las canchas de enfrente al Club Naútico de San Pedro, ella parecía colombiana por la pronunciación de los tantos y él no hablaba, sólo respondía a raquetazos, parecía ser su marido o su novio, ninguno regalaba nada, la concentración y la apatía de los dos lados de la red repelía la alegría y dispersión de un grupo de niños que caminaban de la mano rumbo al río con los profesores de gimnasia que los coordinaban.

El ruido del motor de las motos nos indicó que estábamos cerca y el suave movimiento del conjunto de sombreros texanos que flotaban como veleros en un mar lo confirmaron. En el escenario una voz de mujer cantaba canciones en inglés acompañada de los sonidos de un contrabajo y unas guitarras eléctricas que nunca había visto en mi vida. El grupo era muy bueno y el sonido del evento también. Se habían esmerado, no eran ningunos marginales los artistas contratados. Las reposeras y las conservadoras acampaban entre las motos Harley Davidson y Land Cruiser que se desparramaban en abanico en los contornos del predio a la sombra de los sauces. A cincuenta metros del escenario un buffet vendía cervezas y choripan. Algunos senegaleses aprovecharon para ir a tirar sus mantas con relojes y pulseras. Los sombreros se vendían mucho más que los pastelitos porque el sol quemaba.

Al costado de un gazebo que vendía ensaimadas y churros con dulce de leche un grupo de mujeres con remeras con la bandera de la confederación, chaleco de cuero, botas texanas y sombreros bailaban coordinadamente al ritmo de la música, como cuando en los casamientos o cumpleaños de quince se baila alguna música brasilera con coreografía donde nadie se agarra de las manos. Los niños jugaban y corrían. Enfrente al escenario en lugar de hacer pogo la gente bailaba rock and roll en parejas, viejos y jóvenes y viejos con jóvenes. Una de las bandas en un momento invitó a una pareja de baile profesional, amigos de ellos, a pasar a bailar al escenario, como cuando el Chaqueño Palavecino invita a los ballets que abren los festivales de folklore a bailar una chacarera. Bailaron tres temas. Eran dos virtuosos que probaron tirar unas piruetas en frío al principio y no salieron pero después de entrar en calor se relajaron y sobre el final empezaron a disfrutarse y sin muchas volteretas o virtuosismos lograron que fuera más la gente que los miraba que la gente que bailaba. Los aplaudieron mucho.


Después de un rato de caminar por la feria seguimos por la costanera, un camino de tierra que tomamos nos dejó en el camping municipal donde seis gordos gritaban cosas ininteligibles y al llegar fuera de contexto, no sabíamos si se estaban peleando o hablando como amigos. La música era tan fuerte que los parlantes parecían estar escupiendo kerosén. Caminamos hasta el borde del río donde un grupo de chicos pescaba y una pareja se besaba en el pasto. Quise orinar en un palenque donde estaba atado un barco abandonado pero no me animé, los pastos estaban altos y respeto de sobremanera las madrigueras de las alimañas.

Sobre el agua los camalotes flotaban ajenos al rock and roll y se desplazaban a través de los remolinos que iba armando el río a su alrededor. Un pez saltó y se comió una mosca. El sol estaba bajo y hacía sus últimos esfuerzos para seguir manteniendo iluminada esta parte del mundo. Una chicharra despuntó un canto lastimoso. Un benteveo llegó volando haciendo juego con el cielo y picoteó unas lombrices de carnada muertas sobre un cascote. Una vaca en una isla mugió. Y nosotros decidimos que era hora de volver a Buenos Aires.