Crónica de un viaje al lago Krumme Lanke


Conocí a Bridget en Tinder, coordinamos para ir a hacer un picnic al lago de Krumme Lanke. Yo llegué antes y me quedé esperando de frente a la estación de tren. Salió del metro y le sonreí. Me gustó. Era alta, rubia, con el pelo finito y corto que le caía a un lado de la cara. Usaba vestidos estampados y los anteojos de sol sobre la cabeza.


El camino al lago está custodiado por un pasillo de árboles en un camino irregular. Entrar por esa boca nos llevó a un momento íntimo. No teníamos que gritar para escucharnos y nos sentíamos a gusto. Era inglesa, en un momento hizo un comentario irónico en relación a la “Falklands War”, me reí y corregí “Malvinas War”. Esquivé la primer bala.


Cuando llegamos al lago dejamos nuestras mochilas sobre un tronco enorme que hacía de banco. El sol bajaba, se sacó la ropa con confianza y se sumergió, me gritaba que no fuera cobarde, que me meta con ella. La alcancé en el otro lado, debajo de los sauces e hice la plancha. Hablamos de política, de viajes y del Brexit. Sus pestañas pegadas resaltaban sus ojos claros. Flotaba sin dificultad mientras hilaba conceptos complejos que sabía banalizar con estupideces cuando sentía que sonaba muy solemne.


Después de un rato nos agarró frío y nos fuimos a secar. Pusimos un mantel en el piso, abrimos los tuppers con verduras salteadas y quesos y preparamos unos sandwiches. Había un grupo de chicos al lado nuestro que se gritaban en alemán y reían.


Nos sentimos cómodos uno al lado del otro mirando el lago y nos besamos cuando bajó la luz. Su piel estaba fría. Nos sacamos la ropa húmeda de a poco y la dejamos sobre el tronco. Nos dio pudor estar desnudos al lado de un grupo de personas aunque no pudieran vernos. Entonces nos vestimos y caminamos hacia el metro.


—¿Tuviste sexo alguna vez en la naturaleza?

—No

— Seguro que está en el listado de cosas que tenés que hacer antes de morir, ¿no?

—Dale, ¿Por que no? (Sure, why not?)


Avanzamos un par de metros y salimos del camino demarcado. Las hojas resecas explotaban bajo nuestros pies en el silencio del bosque. A lo lejos se seguían escuchando los gritos de los pibes. Por el sendero se acercaban grupos de adolescentes ebrios con linternas y yo, mientras, rezaba para que no nos apuntaran con las luces.



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La hermana de Bridget, Cathy, trabaja en el equipo de comunicación de Elizabeth II, la Reina del Reino Unido. Su familia está dividida entre los que están a favor de la monarquía, Cathy y su mamá, y los que están en contra, Bridget y su padre.


Cathy encontró el trabajo después de que el gobierno abriera una convocatoria para una pasantía donde finalmente quedó seleccionada. El MI6 les intervino los teléfonos durante meses e investigó a toda la familia antes de aceptarla. Una vez fija en su puesto, su madre le rogó conocer a la reina. Cathy sabía que eso era imposible pero le prometió que la iba a invitar a un evento donde los trabajadores del castillo podían invitar a un familiar. Le recalcó que por favor “no le haga pasar vergüenza". La invitación llegó e indicaba una forma muy específica de vestirse en la que no se podía llevar zapatos cerrados, pero ese día de verano hizo frío y su madre decidió contradecir el protocolo.


Su hija bajó las escaleras del castillo para recibirla, detectó la falla en su vestimenta la miró con la cara tensa y le susurró al oído:

—“Te pedí un solo favor, que no me avergüences, y ni eso pudiste cumplir. Esperame acá”. Subió corriendo a su oficina donde tenía su locker con ropa extra, tomó un par de zapatos, bajó, la hizo entrar en un baño de un anexo y la obligó a cambiarse.


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Estábamos sentados Bridget y yo uno al lado del otro en un banco en un restaurante de comida tailandesa a la vuelta de su casa. Probé mirarla a los ojos y no pude, así que mientras abria un paquete que contenía dos palitos chinos de bambú le hablé.

—La semana que viene me voy a España a trabajar en una empresa que formé con mi socia.

—Ah, no sabía nada

—Te dije el primer día que nos vimos que me iba a España en Septiembre

—No me acordaba

—¿Todo bien?

—Sí, todo bien. Es que pensé que esto estaba yendo para algún lado.


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Después de comer mientras nos estábamos tomando un té me comentó que yo era la primera persona de menos de 40 años con la que había salido. Sus ex habían sido siempre mayores que ella. El último se había suicidado. Lo había encontrado volteado sobre un sillón en su apartamento de Berlín en un charco de sangre seca con un arma en la mano después de haber estado desaparecido por cuatro días.


Ella tuvo que volver al departamento una vez que retiraron el cuerpo para limpiarlo y entregárselo al dueño en condiciones. Su ex no tenía familia y ella quedó como única heredera de los muebles de la casa. Pudo rescatar una heladera y un par de libros. El resto lo repartió gracias al grupo "Free your stuff Berlin". En un acto de catarsis colectiva, esa misma noche Bridget y sus amigos en común hicieron una fiesta enorme para despedirlo sin rencor.


Mientras me contaba esto bajaba pocas veces la mirada, estaba segura de haber soltado ese momento, no se arrepentía de nada y había aprendido la frase que aplicaba a todo en su vida: “¿Por qué no?”. Sabía que la muerte era real y que no valía la pena vivi