Despedida de Argentina


Nuevo edificio del Mercado del Abasto, Buenos Aires 1933. Archivo General de la Nación

Estaba terminando de cursar una maestría en gestión cultural en la Universidad de Buenos Aires, aburrido de mi trabajo y separándome de mi ex novia con la que convivía hacía 5 años. Nos queríamos pero no teníamos los mismos proyectos en ese momento. Atravesando entonces diferentes procesos a la vez, como un malabarista cansado dejé caer todos los platos de golpe.


Hacía poco tiempo que habíamos empezado a bailar tango. Las clases eran una hora antes de una milonga en el barrio de San Cristóbal. A esas clases iba Nicanor, un viejo militar, aviador, excombatiente de Malvinas. Tenía un bigote como el de Olaf el vikingo y llegaba a la clase con una botinera azul como las que usan los jugadores de fútbol pero rellena con zapatos de cuero de suela afelpada. Cuando hablaba seseaba como si le faltaran los dientes pero me fijé bien y los tenía a todos. Durante el baile su ritmo interno cambiaba, y su caminar que era torpe y desgraciado se volvía solemne.


La milonga tiene una estructura y códigos que hay que respetar. Se pasan tres tangos seguidos y cuando se termina la terna cortan el ambiente y lo distienden con una música completamente diferente como un rock and roll o una cumbia. Durante este momento los miembros de la pareja de baile pueden seguir bailando, irse a sentar para tomar algo o cambiar de pareja. En uno de esos cortes vino Nicanor todo transpirado y se tomó un vaso de soda de un trago.


—Cuando bailo no tomo alcohol —dijo, y miró la pista donde todos bailaban sin él, después continuó —Me levanté una piba el otro día en una milonga y le dije que tenía un autazo, por eso me dio bola, cuando salimos y vio el Taunus 1500 se quería morir, el auto andaba mal, yo a eso lo sabía, entonces siempre lo estacionaba en calles que estén en bajada para arrancarlo más fácil, la hice empujar el Taunus y la llevé a mi casa, hicimos lo que hay que hacer y después de esa noche no salimos nunca más. Yo me casé tres veces y me separé cuatro veces. La vida siempre se rehace, tarde o temprano se van a separar y todo sigue...


—Pero nosotros no nos vamos a separar —dijimos a la vez con mi pareja, con tanta inseguridad que supimos que todo ya estaba terminado-.


Y el viejo se reía.


Mi separación fue un proceso muy hablado, amistoso, educado y amoroso. La única forma de garantizar una ruptura con esas características es la tranquilidad de haberlo dicho todo, a partir de un momento las cosas no dependen de uno y entender esto libera. Los arqueros cargan, apuntan y disparan, no cargan, apuntan y salen corriendo con la flecha en la mano.


Mi pareja y yo vivíamos en un departamento de mis padres en el Abasto. Una vez que decidí irme de viaje le propuse que se quedara a vivir en el departamento, me dijo que no sabía si podía arrancar una vida nueva con el departamento lleno de mí, le dije que lo decore, que se lo apropie, que venda los muebles, pero que por favor no me toque la biblioteca, se río y accedió a quedarse. Me llevé una valija con ropa a Pergamino, a la casa de mis padres y el resto lo dejé en una bolsa negra enorme de consorcio en un rincón del placard, no pude vaciarlo todo de un solo saque. Me fui de mi casa un viernes de Febrero a las 14hs, Yamila me acompañó hasta la puerta, nos abrazamos y me subí al Uber.


—Vamos para Ezeiza —Le dije

—¿A dónde vas?

—A Alemania

—Te vas a la mierda

— Sí

—¿Y esa que estaba con vos quién es?

—Mi ex


Hicimos un par de kilómetros por la autopista en silencio y llegando a Ezeiza me dijo que tenía que bajarme rápido y que le diera un abrazo como si él fuese un familiar mío porque si los taxistas se daban cuenta que era un Uber le podían romper todo el auto. Pero cuando llegamos, en lugar de apurarse para hacer la pantomima estacionó contra el cordón, sacó su celular y comenzó a mostrarme fotos de sus viajes por todo el mundo con la barra de River.


—Loco, te quiero mostrar esto. Mirá, acá estamos en Dubai, acá en Japón, acá en Brasil. A esto no me lo saca nadie. Viajar te abre la cabeza. No me arrepiento de lo que me gasté en esto.

—Loco, gracias.

—Suerte, la vas a romper toda.


Y me abracé con mi familiar de mentira que me despidió orgulloso y me dejó en Ezeiza dos horas y media antes de mi partida.





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