El verdulero




Hoy no pude cobrarle la deuda a un cliente. Simplemente no tuve el valor de hacerlo y me angustié. No pude ser justo o no supe dónde residía la justicia de lo que yo reclamaba. Cuando vino a pedirme fiado dos kilos de mandarina se las dí, así nomás, mirando para abajo y entregando la bolsa en un movimiento antinatural que me llevaba a inclinarme y levantar el brazo derecho por encima de mi cabeza. No me atreví a mirarlo a los ojos por miedo de arrepentirme y revolear las mandarinas al cajón de dónde habían salido.

El tipo manoteó la bolsa cuidándose de no rozarme la mano y se fue rápido pero sin apuro como demostrándose a sí mismo que él tampoco estaba haciendo algo mal. Me quedé shockeado, duro y seguí atendiendo a los clientes que entraban, con una distancia ausente que provocaba que me tuvieran que repetir dos y hasta tres veces el peso de los productos que querían llevar.


Antes de cerrar estuve media hora ahí en el zaguancito del negocio, apoyado contra la pared con los pies en el local y el cuerpo en la vereda. Mi mujer me pidió que apague las luces y me vaya a dormir, que se pone peligroso y que ya nadie anda comprando frutas a esa hora. Me enderecé y mecánicamente fui largando la cadena que baja la persiana, sintiendo cómo los eslabones fríos me golpeteaban la punta de los dedos y me dejaban la mano como dormida, apegada durante unos segundos a la sensación del rítmico tartamudeo de la cadena sobre mis manos. Por fin la reja se apoyó con fuerza en el piso y el ruido que hizo al caer me asustó. No había caído mucho más fuerte que otras veces cuando, enojado por la poca recaudación, prácticamente dejaba caer la persiana. Pero esta vez fue diferente, porque me agarró por sorpresa, simplemente cayó y retumbó en las paredes verdes del local como si hubiese implosionado, y me enojé por no haberla frenado antes, por no haber sostenido la cadena con más fuerza.


Tomé el marco de la puerta de la reja y la coloqué cuidando de no cortarme con los bordes oxidados, estaba particularmente torpe y no quería causar ninguna desgracia. La calcé en las bisagras gastadas, cerré con llave y me quedé en el local. No quería apagar la luz, es más, quería que el farol que da a la calle girara sobre su eje y me alumbrara con su luz naranja solar, aunque me fuera a llenar de bichos toda la habitación.


Me quedé mirando la calle por entre las rendijas de la persianas. Una mujer paseaba a su caniche por la vereda de enfrente, en un momento el perro se detuvo, flexionó un poco las patas traseras y asomó un soretito negro que no pudo apoyar completamente en la vereda por el tironeo constante de la correa de su dueña, frustrado siguió caminando, insistiendo en detenerse cada tres o cuatro pasos a completar lo que había empezado. En el café de enfrente cuatro viejos desperdigados miraban boxeo en puntos diferentes del mismo bar, a veces giraban el torso para comentar algo entre sí. Uno de ellos tenía el diario abierto sobre su mesa y alternaba su lectura entre el boxeo y el café con leche. Una moto pasó haciendo rebajes por el medio de la calle faltándole el respeto a las luces del semáforo.


Me fui para la piecita del fondo del local, mi mujer ya estaba acostada en la cama mirando la televisión. Me dijo que me había dejado un poco de sopa de verduras en la olla tapada, arriba del calentador de la cocina, que no le había puesto Vitina porque se había olvidado de comprar pero que estaba rica igual. Me serví la sopa con un cucharón de metal en un plato de loza cachado y la fui sorbiendo de a poco, sin sentirle el gusto pero tampoco buscándolo, sin ninguna motivación más que el deber de comer en un horario determinado. Llené y vacié mi cuchara una y otra vez sin mirar siquiera los pedazos de zanahoria o calabaza que comía. De vez en cuando mordía un poco de pan mojado en la sopa como para sentir una consistencia más concreta entre mis dientes, con la ilusión de poder satisfacer con hidratos de carbono cristalizados el hambre que alguna zona de mi espíritu me pedía llenar.


Me levanté de la mesa todavía masticando, lavé el plato con agua fría, lo dejé en el escurridor y me fui a bañar. Me desnudé, me metí debajo de la ducha eléctrica, la abrí un poquito y la cerré para humedecer mi cuerpo antes de pasarme el jabón. El silencio en el baño al cortarse la caída del agua me comprimió el pecho, las paredes rebotaron el silencio contra mi cabeza que respondió a su vez con más silencio potenciado, generando una retroalimentación negativa de la nada. Por eso salí de la ducha, tiré la cadena del inodoro y abrí la canilla del lavamanos. Estas corrientes paralelas de agua me mantenían alejado de mí mismo por un rato y neutralizaban una posible explosión, al igual que las barras de control de los reactores nucleares que absorben los neutrones libres de la fisión del átomo y bajan la temperatura del reactor para que no se derrita. Comencé a pasarme jabón blanco por el pelo, por el cuello, por la panza y por los pies lo más rápidamente que podía. Una vez que pude aflojar toda la oscuridad de mis manos abrí del todo la ducha y me di una enjuagada final tratando de administrar de la mejor manera posible el agua caliente que quedaba en el tanque. Me sequé, me puse un calzoncillo limpio y me fui a acostar. Mi mujer estaba dormida cuando llegué a la cama así que agarré el control remoto, hice un zapping rápido por todos los canales disponibles a esa hora y como ninguno me llamó la atención, apagué y me fui a dormir.


A las 7 de la mañana del día siguiente me desperté con el golpe en la persiana de mi hijo que venía a traerme la verdura fresca del Mercado Central.


—¿Te quedaste dormido viejo?— me preguntó

—Sí, un poquito— contesté


Descargamos juntos los cajones de tomates, de acelga y de remolacha que había encargado. Los acomodamos en los costados del local para que quedara lugar para caminar. Mi hijo me preguntó si estaba bien, le dije que sí, que un poco cansado nomás. Nos saludamos, él se subió a la chata y se fue a seguir con el reparto mayorista a otras verdulerías de la zona. Mi mujer se levantó un tiempo después, preparó dos té de manzanilla y me dejó un pocillo calentito al lado de la balanza con medio paquete de galletitas. Comí tres, tomé un trago y seguí acomodando toda la verdura recién llegada en su lugar, para las 8 de la mañana ya tenía todo el local ordenado.


Hacía mucho calor y lamenté no haber comprado más duraznos, los clientes los estaban comprando mucho a pesar del aumento de los precios. La había pifiado, no quise stockearme por miedo a que no se los lleven y se me fueran a pudrir. A las 11 de la mañana llegó el mismo hombre que me llevó fiado ayer. Me pidió un kilo de mandarina que dijo que me lo iba a pagar más adelante.


Pero Mamani no le quiere vender, dice que está cansado de que no le pague, que si quiere las cosas gratis se vaya a otra verdulería. El hombre se enojó y le gritó que era un desagradecido, que hacía seis meses que iba a comprar todos los días la verdura ahí y que él era un bolita de mierda. Mamani agarró una bolsa, metió 5 mandarinas, las pesó y como vio que le faltaban 100 gramos para completar el kilo metió una mandarina más, salió a la calle y comenzó a revolear la bolsa en círculos elípticos, primero sólo con su brazo y luego con todo el cuerpo, como un atleta lanzador de martillo, cuando vio que estaba por perder el equilibrio de tanto girar soltó la bolsa que salió volando como una flecha para arriba con las mandarinas bien pegadas al fondo por la fuerza centrífuga de sus círculos, la bolsa se elevó y en el punto 0 de la parábola aflojó su tensión provocando el desacople de cinco mandarinas, que se repartieron en el aire suspendidas como ajenas a la ley de gravedad y segundos después cayeron como una lluvia sobre los autos estacionados en la Avenida San Martín que no paraban de gritar, indignados, con sus voces chillonas de alarmas antirrobo.