En el gimnasio


Carlos era alto. Tenía el pelo grueso y frondoso. Las piernas flacas, la espalda angosta y los brazos deformados por ir al gimnasio y entrenar sólo bíceps. Le colgaban enormes, inarmónicos, al lado del cuerpo. Siempre estaba tostado. Venía a la tarde con un bolso Puma de cuero y se cambiaba en el vestuario de abajo que era el más nuevo. Vivía cerca del centro del pueblo. En uno de los edificios construidos hacía poco.


—¿Qué hacés Carlos, cómo andas?

—En la lucha —Y se reía de su chiste. Porque Carlos no estaba en ninguna lucha. Estaba todo el día al pedo. Iba al gimnasio para tener algo que hacer.


Se acercaba al espejo mientras se peinaba con una mano, nos miraba por el reflejo y nos decía

—Ni una cana tengo loco. Todos mis amigos, los que se egresaron conmigo de la secundaria están todos pelados, panzones, con hijos. Qué desastre.

Se sentaba en la máquina. Hacía un poco de bíceps con la barra, un poco de tríceps con mancuernas y se iba.


—Che, ¿Y este qué hace de su vida? —Le preguntábamos al dueño del gimnasio

—Nada. Vive de los alquileres del padre. Tiene casas por todos lados.


Un día lo vimos bajarse de un Ford Mondeo nuevo, impecable. Con su novia exuberante. Una rubia enorme que todos los pajeros del bar del centro se daban vuelta para mirarle el culo. Nosotros también. Pero éramos chicos. Para los parámetros del pueblo, era un exitoso. Casa, mina, auto y guita. Las cuatro variables con las que se mide la satisfacción en esa sociedad.


—Carlos, ¿Vos estudiaste algo?

—No, loco. Hice un año de marketing. Pero me aburrí. En realidad yo quería ser actor.

—¿En serio?

—Sí, bolas, empecé yendo a los cursos municipales y después me fui a Buenos Aires a probar suerte. Empecé a tomar clases con Lito Cruz. Ahí conocí a un pibe que me llevó a probar a un casting para una novela en Canal 13. Hice el casting, les gustó y me dijeron que arrancaba la semana siguiente. Yo estaba chocho. Entonces antes de irme se me acerca un productor y me dice. “Che, gustó lo que hiciste. Pero vos sabés que hay miles esperando para hacer bolos como vos. Si querés posta el laburo, te paso mi teléfono y nos vemos en casa este finde”.

—¿Y qué hiciste?

—Entonces salí de la productora y me fui a mi casa. Angustiado, viste. Andaba cabizbajo por Avenida Santa Fe. Me metí en una pizzería. Me pedí una muzzarella con fainá, una cerveza y me puse a hablar con el mozo para despejarme. Me fui a casa y llamé a un compañero de teatro que no conocía mucho y le comenté lo que me estaba pasando. Viste, como para ver si el loco podía darme una mano.

—¿Y qué te dijo?

—Que era todo así. Que el que tenía un laburo era porque se había garchado a alguien. Siempre. Y que le diera para adelante nomás. Que había futuro.

—Qué mierda loco. ¿Y qué hiciste entonces?

—No, bueno, me quedé todo el fin de semana pensando, dándole vueltas al tema. Lo llamo. No lo llamo. Y agarré todo y me volví. Que se vayan a la puta que lo parió. No me voy a prostituir. Pero qué pedazo de actor hubiese sido...Estaba por entrar en “Gasoleros”.


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del 18/1