Groceries




El universo no tiene sentimientos;

todas las cosas son para él como perros de paja.

Tao Te King



Había un reconocido filósofo y docente que se dedicó al estudio del Zen durante muchos años. El día que finalmente consiguió la iluminación tomó todos sus libros, los llevó al patio y los quemó.

Cuento Zen



David le dijo a su esposa que tenía que corregir unos exámenes e insistió para que ella vaya al supermercado a traer las provisiones necesarias para todo el mes. Cuando dejó de escuchar el ruido del motor del auto sintió el denso peso del silencio, se descalzó y caminó por la casa hasta sentir el piso frío del mosaico del garage. Se paró frente al pesado mueble de metal oxidado donde guardaba las herramientas y lo abrió levantando una de las puertas para evitar el horrible chirrido que hacía siempre por la falta de mantenimiento de las bisagras. Corrió la motosierra que estaba arrinconada y sacó una soga de poliéster de 10mm de espesor y 9 metros de largo. Hizo una pequeña orejita en un extremo de la soga para darle peso y la tiró por encima de la viga que sostenía la estructura del techo del garage. Dejó que la soga caiga al piso sin atajarla y pasó el extremo libre por dentro de la orejita, tiró de ese extremo y fijó el nudo a la viga de madera en el techo.



Intentó tres veces hacer el nudo en donde podría su cabeza, sus manos eran torpes, como las de un escritor. La soga tocaba el suelo, por eso tuvo que enroscarla cuatro veces alrededor de la viga, de esta manera se garantizaba una altura suficientemente alta como para quedar colgando y que los pies no toquen el piso. Midió las distancias y vio que todo estaba en posición. Le dio gracia recordar que el nudo para los ahorcados lo había aprendido de chico en un campamento con la escuela. En las excursiones por el campo jugaba con sus amigos a probar distintos nudos: corredizos, fijos, marineros, hasta que tratando de inventar uno nuevo le salió el nudo del ahorcado, sus amigos le pidieron que se los enseñe pero él no pudo reproducirlo, le había salido por instinto y nunca más lo había podido repetir hasta el día de hoy, después de dos intentos.



Cruzó el garage en diagonal y tomó una silla de madera que tenía pilas de diarios y revistas viejos encima, los bajó y los dejó sistemáticamente ordenados en el piso. Llevó la silla hasta abajo de la soga que colgaba impertérrita como una estalactita pero al subirse notó que se tambaleaba, tuvo miedo de caerse, por eso bajó y cruzó de nuevo el garage, cortó una lonja de papel de uno de los diarios viejos que había dejado en el piso y mientras caminaba de nuevo hacia la silla lo fue doblando por la mitad de manera de formar un taco. En algún lado había leído que no se puede doblar más de diez veces por la mitad ningún papel sea del tamaño que sea. Deslizó el papel por debajo de una de las patas de la silla, la afirmó y se subió, notó que la silla no se movía. Se pasó la soga por el cuello, la sujetó bien para que le raspara lo menos posible y pensó que esta era una experiencia que nunca había vivido y que esperaba no volver a vivirla de nuevo tampoco. Chequeó que todos los elementos que componían la escena estuvieran en orden y cuando se sintió seguro pateó la silla que cayó lenta y pesada sobre su costado siniestro dejando al descubierto al inútil taco de papel que la equilibraba.


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del 18/1