Llegada a Berlín




En Berlín me recibió el sol congelado de Febrero, una baba amarilla difusa que le costaba terminar de aparecer. Lo interpreté como una buena señal. Me tomé un taxi desde el aeropuerto hacia la casa que había alquilado en el barrio de Charlottenburg. Era mi segunda vez sentado en un Mercedes Benz.


Los porteros de los edificios no tienen número, los pisos se identifican por los apellidos de las personas que viven en cada departamento. Parado frente a la entrada comencé a friquear, sólo sabía el nombre de pila del dueño de la casa: Hanz. Le dije al taxista que me espere porque desconocía cuál era el piso y me miró impaciente. Me quedé pensando qué hacer y escuché una voz ajada que salía del portero:


—¿Santiago?

—¡Sí! —grité eufórico —¿Pero cómo sabías que estaba acá abajo?— le pregunté mientras abría la puerta de un empujón.

—Te vi bajar del taxi por la ventana.


Hanz es un profesor universitario alemán retirado, casado con “Popi”, una valenciana adorable que tardé en conocer porque se había ido de viaje a visitar a su familia. Eran dueños de dos apartamentos, uno arriba del otro, en uno vivían ellos y en el otro su hija, que en ese momento estaba trabajando en un laboratorio en Tailandia por eso me alquilaron temporariamente su habitación.


Luego de mostrarme la que sería mi cama por un mes, Hanz bajó a su departamento. Dejé la mochila en el piso y finalmente sentí que después de mucho tiempo y de un viaje larguísimo estaba solo. Caminé por la casa, miré nevar por la ventana y me senté en silencio en la mesa de la cocina a esperar que la oscuridad me cubra por completo. Era domingo, estaba todo cerrado así que le robé un poco de pasta y hongos a mi compañero de cuarto, un australiano de 22 años que trabajaba en el diseño de un sistema para bajar los costos de transporte del gas de todo Alemania.


Mi primer aprendizaje en Berlín fue el respeto al silencio. Los autos tocan bocina sólo si es estrictamente necesario y casi todos los que están en circulación tienen el sistema de apagado del motor cuando esperan frente a los semáforos. Las escaleras de los edificios tienen alfombras que amortiguan el ruido de los pasos y las madres les hablan bajito a sus hijos incluso para retarlos en las plazas.


Durante el mes que estuve en esa casa hablé poco, me pasaba a veces que a la tarde, cuando llegaba el australiano con el que vivía de su trabajo en un instituto científico, mi voz salía ronca, me encontraba de repente con ella, como si mi cuerpo me la tirase encima.


Me propuse conocer una persona nueva por día. Me anoté en varios grupos de Meetup, la mayoría de los que asistían eran varones. Algunos tenían serias dificultades para relacionarse y hacían malabares emocionales para ocultar su soledad. De todos, uno me pareció el más buena onda, un empresario inglés que sostenía conversaciones con cualquiera que se le acercase. Nos pusimos a charlar sobre nuestros países y me comentó que se había hecho el estudio “23 and me” que consiste en un análisis genético para determinar el origen geográfico y racial de los ancestros. El volumen de la música del bar hacía que tuviéramos que alzar la voz para hablar, así que casi gritando me dijo que se alegraba de que a pesar de que sus antepasados eran de Sudáfrica, él no tenía sangre negra en sus venas. Un alemán gordo y rubio que testeaba juegos de computadora en la casa de su mamá asentía a todo lo que el inglés opinaba. Ese día me fui temprano del bar y no volví nunca más.


El primer mes me propuse no relacionarme con argentinos, quería romper el cerco, ponerme en contacto con los locales, tejer nuevos vínculos, mezclarme y abrirme a lo que encontrara en Berlín. Pero luego de dos meses hablando solamente con mi roomate me junté con los coterráneos y empecé a hacer lo de siempre, asados en diferentes parques, compartir información de lugares baratos para comer y asistirnos unos a otros en la búsqueda de laburo. Se siente bien estar en casa también, murmurar y que te entiendan, no esforzarse para comunicar una idea, simplemente dejar que los pensamientos fluyan en una coreografía colectiva llamada “Argentinidad”. Sobre el pasto del Treptower Park me apoderé de una frase de Heidegger y la reversioné: “El asado es la casa del ser”.