Trabajar en Ragusa (Parte II)



—¿Santiago?

—Sí

—Soy Marcella, del restaurante. ¿Te parece tener la entrevista mañana a las 11?

—Perfecto, nos vemos allá.


Llegué 10 minutos más temprano. Estaba nervioso. La esperé de pie en la vereda de enfrente del Restaurante. Ella llegó sobre la hora haciendo sonar sus tacos bajos sobre el empedrado de la calle. Cargaba una cartera grande sobre su hombro izquierdo. Usaba un traje con un saco corto azul oscuro y una camisa blanca. Su pelo corto, negro y lacio describía un semicírculo sobre su cara pálida imitando la forma de su cuerpo.


—Hola Santiago, ¿Cómo estás? Soy Marcella, un piacere.

—Encantado

—Pasá por acá


Atravesé el hall del restaurante donde había conocido a Mengano. Durante el día el lugar parecía de menor categoría. Me senté en una mesa redonda con un mantel blanco impecable. A mi alrededor corrían de un lado para el otro los mozos que preparaban la sala para el almuerzo. Marcella abrió su Macbook Air gris y me pidió cinco minutos para prepararse. Me senté derecho contra el respaldo de la silla de madera pesada. Cerré los ojos y respiré profundamente sin que se notara.


—Me gustaría hacerte algunas preguntas para ver tu nivel de inglés.

—Sure, go ahead


Me planteó escenarios hipotéticos de tensión con clientes, con el staff y con ella. Le dije que hacía Yôga y que podía manejar mis emociones. Se rió. Quedó sorprendida por mi nivel de inglés e italiano. El primero por la frondosidad del vocabulario y el segundo por la pobreza gramatical. Pero me dijo que podía aprender rápido hablando con los demás empleados. Ella necesitaba a alguien que se comunicara con los turistas alemanes e ingleses durante la temporada de verano.


Me preguntó si había traído los papeles. Le entregué la fotocopia de mi permiso de estadía en el país junto con el certificado de la policía y mi residencia. Me dijo que se lo iba a mostrar a su abogado y que quedaba en llamarme.


Al otro día me citó en el restaurante donde efectivamente iba a trabajar. A diferencia del anterior, el servicio del local parecía más informal. Los mozos eran más jóvenes. La arquitectura tenía menos madera y más piedra. En la parte de adelante vendían “tavola calda”, es decir, comida al paso, pero costaba tres veces más que en cualquier otro restaurante de la ciudad.


Nos sentamos en una mesa el direttore, Marcella y yo. El chef iba y venía organizando el reabastecimiento de la cava de vinos subterránea.


—La situación es la siguiente. Santiago no es un clandestino. —Me miró —perdona que use ese término pero es el que usó mi abogado. —Y continuó para todos —pero si viene una inspección del estado, que esperemos que no venga —Hizo cuernos con los dedos sobre la mesa de madera —Queda a libre interpretación de la autoridad de control. —Marcella miró al chef que en ese momento estaba quieto escuchando con los brazos cruzados. —¿Chef, usted qué opina? Yo creo que no va a haber problema.


El chef cruzó los brazos con la cara cansada y dijo que no creía que fuera a haber algún problema con eso.


—Bien, entonces Santiago empezás hoy a trabajar. Esta primera semana sólo vas a mirar el funcionamiento del sistema. Te vas a memorizar los platos del menú en inglés e italiano y vas a aprenderte cómo están elaborados. No te la vamos a pagar porque es de prueba. Empezás a cobrar a partir de la semana que viene. ¿Te parece bien?

—Perfecto. Ningún problema. Una cosa más. ¿Podría recibir un adelanto?

—Te voy a probar. Si sos bueno, no va a haber problema con eso.


Pablo, el direttore, me acompañó abajo, me mostró mi locker y me dio un uniforme. Consistía en un delantal azul con el nombre del restaurant en el pecho. En el frente tenía un bolsillo de canguro donde tenía que llevar mi libreta para anotar todas las indicaciones que me daban, una lapicera y un encendedor. Las tres herramientas que tiene que llevar todo buen mozo, en palabras del direttore. Me dieron una radio con un auricular. Me palmearon el hombro y me dijeron:


—Benvenuto