Un amor en secreto



Ella era santiagueña. Vivía en la misma cuadra de la casa de mi abuela. Tenía los ojos claros, la piel oscura y una sonrisa blanca enorme. Se llamaba María y estaba visitando la casa de sus primos durante las vacaciones de verano.


Mi abuela decía que vivían en un conventillo porque estaba toda la familia junta en capas. Pero a eso yo no lo entendía porque nosotros también vivíamos con mi abuelos y mis papás.

Cuando María venía a casa yo me transformaba. Hablaba muchísimo, hacía chistes, y mi sonrisa colgaba enorme de mi cara. Cuando me abrazaba, yo sentía en mi cara su pelo negro y grueso que me protegía como un sauce llorón. Nos quedábamos horas leyendo en el sofá. A mi me encantaba escucharla hablar con su tonada única, con esa Erre débil que patinaba, que se parecía más a una i griega.

Ella había nacido en Frías. Tenía un papá y una mamá que la querían mucho. Y me contaba historias que sucedían en el rancho donde vivía su familia. Se ponía solemne y me hablaba sobre la Telesita, la Salamanca y el Almamula. A mi no me daban miedo esos monstruos pero me daban curiosidad.


Una vez fuimos a la plaza Almirante Brown, ahí a dos cuadras de mi casa, donde una tarde los terribles del barrio se empezaron a tirar piedras con una gomera y tuvieron que suspender el partido de fútbol que jugaban entre los árboles porque se empezaron a pegar entre los jugadores. Se levantó tanto polvo que no se le veían las caras. Volvimos a casa corriendo.


A veces al mediodía yo pasaba caminando por la puerta de su casa y ella estaba sentada en el piso jugando con sus primos, entonces me saludaba moviendo la mano de un lado a otro brevemente y me decía:

—Hola Santi

Y yo corría hasta mi casa muerto de vergüenza.


Un domingo fuimos juntos al Cine Unión. Era parte de la cooperativa del ferrocarril y por eso tenía las entradas subsidiada para sus socios. Después de un tiempo lo tuvieron que vender y se convirtió en una iglesia evangelista. Habíamos llegado tarde y el cine estaba repleto. Entonces nos quedamos sentados en cuclillas en el pasillo mirando el “Rey León”. La vimos abrazados. Ella en el escalón de arriba y yo en el de abajo.


Un día vino mi mamá y me dijo que María se volvía a Santiago del Estero, que tenía la familia allá y que ya no me iba a venir a cuidar más. Cuando se despidió, me costó entender que no la iba a ver más, porque siempre estuvo cerca. Ella estaba todo el tiempo en todos lados. La veía cuando venía a casa y la veía también cuando me la cruzaba en la misma cuadra y ella jugaba con sus parientes en la puerta.


Se acercó y me contó que tenía un novio que la estaba esperando. Le dije que se quede, que yo podía ser su novio. Y me dijo que no, que el chango la esperaba y que a ella le gustaba mucho. Y yo le pregunté si yo no le gustaba. Y ella me dijo que sí, pero diferente. Que yo era muy chico, que por ahí cuando creciera. Me la quedé mirando, y después la abracé fuerte y me fui a la parte de atrás de la casa donde mi abuelo tenía la fábrica de chacinados y me quedé viendo cómo colgaban los salamines en el cuarto de secado.

Al día de hoy sigo teniendo vivo el recuerdo corporal del último abrazo de despedida y el contacto de sus tetas perfectas en mi cuerpo de niño virgen de 5 años.