Vida en familia en Berlín







Mi amiga Celia, que hace más de quince años que vive en Berlín, me consiguió los contactos necesarios para alquilar una habitación. Envió un mensaje a un grupo de amigas alemanas que trabajaban en un café cultural feminista llamado “Café Pink”. Se encargan de darle refugio y contención a mujeres en situación de violencia de género de comunidades vulnerables. Trabajan con una red de trabajadoras sociales que rescatan mujeres turcas secuestradas por sus propias familias. En Berlín existe el caso de Hatun Sürücü una chica asesinada por su propio hermano por no querer casarse con su primo de origen turco, el run run de la calle supone que toda la familia participó del hecho y dio su aval pero no se pudo probar en el tribunal. El hijo de Hatun se crío con una familia adoptiva alemana después que se le negara a la familia biológica la solicitud de adopción del niño.


Durante mi estadía en la casa de Nina seguí el tema de los refugiados sirios en Alemania con la inside information que traía Nina en diálogo constante con centros de refugiados. Muchos de los lugares de acogida no tenían las condiciones para facilitarles cocinas. El gobierno les enviaba viandas con comida tres veces al día pero no les permitían tener un calentador porque era peligroso, podían prender fuego todo el edificio. Esta situación frustraba a las madres que sentían que no le podían dar a nada propio de su cultura a sus hijos. Estaban obligados a comer de un plato de plástico con un menú no elegido. Si las descubrían cocinando en un calentador las echaban del lugar, aún así algunas preferían arriesgarse a perderlo todo con tal de compartir una comida con su familia. Cuando Nina me explicó esto entendí el porqué del descuento mensual en el alquiler que me ofreció si le cocinaba a sus hijos una vez por semana.


En muchas capitales de Europa para entrar a vivir en un piso te hacen una entrevista de admisión. Es una situación ridícula, tenés diez minutos para explicar quién sos y que te acepten como roomate. Tiene el formato de una entrevista laboral y a veces hasta sentís la misma tensión porque competís con muchos otros por un puesto, en una casa. Del otro lado de la mesa hay un tribunal de personas que te hacen preguntas y te piden comprobantes de ingresos. Cuando entré por primera vez al departamento, Nina estaba sentada en la mesa del comedor, me preguntó qué estaba haciendo en Berlín. Le dije que estaba por entrar a trabajar en una empresa de delivery de comida, que había estudiado Comunicación Social en Argentina y que tenía pensado quedarme un tiempo largo en Berlín, a vivir quizá, quería aprender alemán y hablaba inglés bastante bien. Hice unos chistes sobre fútbol para tratar de caerle bien a sus hijos con unos comentarios elogiosos al Hertha, el equipo de fútbol de Berlín, se rieron de compromiso. Nos despedimos en la puerta, me dijo que lo tenía que pensar y me fui. Al otro día me mandó un mensaje en el que decía que había decidido darme la habitación. Me dijo que aunque yo no tenga un trabajo fijo ella se dejaba llevar más por la intuición a la hora de tomar las decisiones que por la lógica. Así que me mudé a tres paradas de tren de donde vivía antes con una familia berlinesa.


Nina es una alemana alta, rubia, de ojos claros y mirada amable y calma. Sólo gritaba cuando discutía con su hijo mayor. Él quería un espacio más grande para vivir y se lo hacía saber insistentemente a su madre. La habitación en la que yo vivía costaba 450 euros por mes pero la que estaba él era más pequeña, entonces sólo podía cobrarla doscientos euros, Nina necesitaba ese dinero para vivir, entonces estaba en el medio de una negociación con el padre para que se hiciera cargo de la diferencia. Pero no parecía ir muy bien. Cuando empezaban los portazos y los gritos me quedaba sentado en mi habitación con los ojos cerrados, tratando de descifrar qué decían y apostaba internamente a ver cuánto duraban, las disfrutaba, me mostraban un lado alemán muy vivaz, melodramático, cero careta.


El padre de los chicos era un tipo pelado, macizo, pero no muy alto, que estaba en la búsqueda constante de hacer reir a sus hijos con chistes internos que me dejaban afuera. Yo sentía que cuando él aparecía se formaba una línea de puntos con una tijera donde yo estaba del otro lado del borde. Tuve una sola vez un intercambio de palabras en la plaza central de Steglitz, en primavera, estaban tomando vino con Nina y yo pasé caminando y los saludé. Me dijo que conocía Argentina y me preguntó por la crisis. El novio de Nina venía los fines de semana, era alto, orejón, con una cara graciosa y una sonrisa perpetua. Venía a arreglar las cosas cuando se rompían de la casa y mientras desarmaba todo me hablaba en un alemán inentendible y yo sonreía y asentía.

A los chicos todo les chupaba un huevo. Con el más chico apenas llegué pegamos onda, íbamos al supermercado, después cocinábamos y a veces tocábamos la batería electrónica o el piano pero cuando le regalaron la Play Station para su cumpleaños su carácter cambió. Cada vez que volvía del trabajo lo encontraba doblado mirando la tele con el joystick en la mano y me saludaba sin mirarme. A veces corría a la cocina a comer algo rápido para volver a jugar con los ojos rojos y cansados.


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